Las efemérides surgen como una necesidad del devenir histórico. Su nombre en griego le otorga la significación de lo que dura un día, derivando el adjetivo de efímero para todo aquello que tiene corta duración, vida breve.
Y esto es lo que ocurre con las efemérides. Tienen el vigor y la prepotencia de lo que ocurre, se imponen fácticamente. Pero al día siguiente, su fuerza y significación comienzan a evaporarse, y comienzan, lentamente a entrar en el mundo de los recuerdos.
Cuando las arenas del tiempo las han tapado y toda la riqueza y trascendencia que han tenido se ha disipado, pasan a constituir un simple y mero hecho estadístico, una curiosidad que inaugura la primera página de alguna revista de actualidad o una conmemoración que solemnes autoridades celebran frente a un monumento.
Sin embargo, en estas efemérides de la historia antigua que se presentan, se pretende que trasciendan el frío hecho enumerativo y que, día a día, eslabonen una cadena de hechos que presenten un cuadro dinámico de la historia de esos tiempos. La enumeración de las celebraciones y homenajes que griegos y romanos ofrecían a sus dioses día tras día, nos permite discurrir el tiempo tal como lo hacían ellos, que para cada día tenían algún rito o celebración que realizar.
En fin, nos gustaría que fueran útiles tanto para el dilettante, que busca entretener su tiempo con algo curioso, como para el estudioso que busca signos y explicaciones para hechos ocurridos en los sucesivos días.


Ignacio Nachimowicz

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©2004 Ignacio Nachimowicz