Las
efemérides surgen como una necesidad del devenir histórico.
Su nombre en griego le otorga la significación de lo que dura
un día, derivando el adjetivo de efímero para todo aquello
que tiene corta duración, vida breve.
Y esto es lo que ocurre con las efemérides.
Tienen el vigor y la prepotencia de lo que ocurre, se imponen fácticamente.
Pero al día siguiente, su fuerza y significación comienzan
a evaporarse, y comienzan, lentamente a entrar en el mundo de los
recuerdos.
Cuando las arenas del tiempo las han tapado y toda
la riqueza y trascendencia que han tenido se ha disipado, pasan a
constituir un simple y mero hecho estadístico, una curiosidad
que inaugura la primera página de alguna revista de actualidad
o una conmemoración que solemnes autoridades celebran frente
a un monumento.
Sin embargo, en estas efemérides de la historia
antigua que se presentan, se pretende que trasciendan el frío
hecho enumerativo y que, día a día, eslabonen una cadena
de hechos que presenten un cuadro dinámico de la historia de
esos tiempos. La enumeración de las celebraciones y homenajes
que griegos y romanos ofrecían a sus dioses día tras
día, nos permite discurrir el tiempo tal como lo hacían
ellos, que para cada día tenían algún rito o
celebración que realizar.
En fin, nos gustaría que fueran útiles
tanto para el dilettante, que busca entretener su tiempo con algo
curioso, como para el estudioso que busca signos y explicaciones para
hechos ocurridos en los sucesivos días.
Ignacio Nachimowicz
eleuteria56@yahoo.com